¿Qué emociones suelen surgir en ti después de poner un límite? ¿Culpa? ¿Duda? ¿Alivio? ¿Miedo?
Para muchos de nosotros, especialmente quienes crecimos con traumas tempranos o negligencia emocional, existe un contrato oculto que opera silenciosamente debajo de nuestros límites. Un contrato al que nunca dimos nuestro consentimiento consciente, pero que da forma a nuestras elecciones y a nuestra culpa.
Este contrato dice cosas como:
“Si me protejo, estoy abandonando a alguien.”
“Si digo que no, estoy causando dolor.”
“Si pongo un límite, me estoy pareciendo a quienes me hicieron daño.”
No es raro que, al crecer, los límites no hayan sido algo que nos protegía, sino algo que fue usado en contra nuestra. Como cuando un cuidador retiraba el afecto si pedías espacio, o cuando te gritaban o castigaban por decir que no, o cuando te manipulaban para que obedecieras, haciéndote sentir cruel o egoísta.
Estas creencias inconscientes forman lo que podríamos llamar el impulso de agradar como mecanismo de defensa, y es especialmente común en quienes tuvieron que desarrollar una alta sensibilidad emocional desde pequeños, anticipando las necesidades de los demás para sentirse seguros o amados.
En el fondo, este contrato transmite mensajes devastadores:
“Ser bueno es desaparecer.”
“Estar a salvo es quedarse en silencio.”
“Para ser amado, tengo que poner a los demás primero.”
Por eso, cuando en la vida adulta comenzamos a establecer límites para proteger nuestra energía, tiempo o nuestros valores, podemos entrar en pánico. El cuerpo recuerda: los límites nunca fueron seguros. Significaban castigo, rechazo.
Y entonces llega la culpa, la duda, y un torbellino de voces internas que susurran:
“He sido demasiado(a), muy duro(a), no he sido lo suficientemente compasivo(a).”
Pero aquí está la verdad: Protegerte no es una traición. Es una reparación de todos los momentos en los que nadie te protegió, de la identidad que asocia el valor propio con el autosacrificio, de tu sistema nervioso, que está aprendiendo, aunque a veces con dolor, que la seguridad y la conexión no requieren autoabandono.
Y aunque aparezcan la culpa y la duda, puedes empezar a responderte con un nuevo mensaje:
“Tengo derecho a existir. Tengo derecho a poner límites. Puedo protegerme y seguir siendo buena. Seguir siendo amada.”
Sanar no se trata solo de ser más compasiva con los demás. Se trata de sentirte lo suficientemente segura como para ser compasiva contigo misma.
Cuando alguien se decepciona con tu “no”, ¿qué se despierta en ti?
Cómo puede ayudar el Somatic Experiencing (SE)
A través de una conciencia corporal lenta y enfocada, el Somatic Experiencing (SE) ayuda a tu sistema nervioso a reaprender lo que significa sentirse segura/o, no solo de forma conceptual, sino física.
SE ofrece un proceso amable para notar estas respuestas de supervivencia en tiempo real, como tensión, presión en el pecho o la garganta, contener la respiración o una sensación repentina de colapso. En lugar de forzarte a seguir o suprimir estas señales, SE te invita a bajar el ritmo y escuchar lo que tu cuerpo está tratando de proteger.
Mediante herramientas como la titulación (acercarse a sensaciones o emociones difíciles en pequeñas dosis manejables) y la pendulación (moverse suavemente entre el malestar y zonas de alivio o neutralidad), SE ayuda a tu sistema nervioso a renegociar estas respuestas almacenadas, sin sentirse abrumado. Con el tiempo, esto crea las condiciones internas para que tu cuerpo aprenda que ahora es seguro tener límites, que puedes decir no, mantener la conexión contigo misma/o y seguir a salvo en la relación.
Poco a poco, tu sistema empieza a registrar que este momento es distinto. Ya no eres aquella niña indefensa. Tienes derecho a poner límites, a ocupar espacio, a decir que no, yy aún sentirte seguro(a).
Con el tiempo, esta sensación de seguridad se convierte en la base para establecer límites que no son rígidos ni reactivos, sino enraizados, relacionales y sostenidos por tu propio valor.
